Viajar en subte al mediodía es toda una odisea. Ni bien cruzás esas puertas mágicamente abiertas, entrás en un nuevo mundo; el mundo del transporte público. Decenas de escenas, decenas de caras, decenas de vidas se mezclan en la simplicidad de un vagón. ¿Qué tan grande puede ser un vagón? Lo suficiente para albergar a tantas almas errantes en busca de su destino.
Al entrar, uno no siempre es bien recibido. Y ni hablar si el subte viene lleno. Uno es el extraño, el extranjero que viene a aumentar la población y limitar el espacio individual. Qué bueno sería si los vagones fueran como el universo, expandiéndose constantemente… Para nuestra desgracia, no es así. A medida que van pasando las estaciones, hay que ir acercándose entre sí para crear un espacio que antes no existía para “bienvenir” la llegada del nuevo. Esto puede acarrear funestas consecuencias, o grandes oportunidades. Siempre habrá una excusa para iniciar una conversación en el subte… Si estás soltero y te gustó la chica que te tocó sentarse al lado tuyo en suerte, no te preocupes: el subte proveerá las excusas para iniciar una conversación. Eso sí, a expensas de protagonizar la novela para el entretenimiento de los demás pasajeros.
No olvidemos la importancia de los vendedores, aquellos juglares y trovadores que van del vagón en vagón, mostrando sus artesanías, cual Melquíades por Macondo, deleitándonos con sus historias de vida; tragedias que nos llegan al corazón y nos hacen soltar una moneda de lástima. Son los salvadores de la vida cotidiana, todo lo que ellos nos brindan son absolutamente necesarios e indispensables en nuestra vida, tan útiles para la cartera de la dama y para el bolsillo del caballero. Eso sí, no quiero ni pensar qué diría la gente si yo fuera por la vida con la colección de cuchillos tramontina en mi cartera…
Luego de pasar todas estas peripecias, el final siempre está cerca. La penúltima estación acaba de alejarse, se acerca la estación final. Debemos dejar este mundo subterráneo que nos ha abierto sus puertas por unos minutos, para volver a salir al mundo supraterráneo, a la vorágine de la ciudad, a la dinámica cotidiana. Lentamente nos vamos acercando a la puerta, no sin una congoja en el corazón. Se aproximan muchos cambios cuando crucemos nuevamente aquellas puertas. Mientras uno está en el vagón, el tiempo se detiene, los relojes dejan de funcionar, (los celulares también, pero eso por otro motivo) es como si hubiésemos sido desconectados de nuestra matriz. Tal vez sea por eso que nos entristece tanto dejar el subte…
Pero la vida no dejaría nunca que retornáramos nuestro camino a la realidad en soledad. Siempre hay otros individuos que, como nosotros, deben enfrentar la vida más allá de las escaleras automáticas. Es entonces cuando uno pregunta “¿Bajás?”, y el otro te responde con un sí; mágicamente se crea una complicidad, un sentimiento de unidad, ambos parten en conjunto para enfrentar de a dos (o más) el trauma inminente de dejar nuestro querido hogar transitorio, el subte…
Me gustaría seguir escribiendo, pero el movimiento del colectivo no me deja escribir. Adiós.
*~*
Jaja no me odien ^^
I know I can't stay by your side forever, but I know I won't forget your beauty, my Black Diamond.
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